Valenti Sanjuan

Cruzar el desierto con la Marathon Des Sables

Mi próximo retto empieza en un abrazo.
Un abrazo de soledad, de comprensión, y de inicio de una amistad con alguien a quien, a día de hoy, puedo decir que admiro más que a cualquier otro deportista de élite, sean cuales sean sus logros.
Se lo dí, o lo recibí, o nos lo regalamos, con Roberto G. Moreira. Un monstruo. Como deportista y como persona. Un tío de los que hacen historia.
Le conocí en el Ultraman UK. Era uno de los 3 españoles que participaban en la prueba. Y compartimos los 3 días de competición, los 515KM de carrera, la dureza de una prueba que te destroza durante 72 horas, y, como decía el libro, la soledad del corredor de fondo. Menudo tiparraco, el tal Moreira.
La cosa fue así: día 2. Corte de 12 horas para conseguir recorrer los 280km en bici, con varios puertos de montaña y una etapa durísima. El día anterior habíamos completado 10km a nado en un lago helado del que salí con hipotermia y con todos los fantasmas de la retirada rondándome, y 145km de bici que hice casi por inercia, como un autómata que escapa justamente de esos fantasmas. El último día, 84 km con dos puertos de montaña, una doble matarón de cojones, vamos.
Pues en el día 2, después de llegar a meta, me dicen que Roberto llega, pero que lo tiene crudo. Faltan unos 20 minutos para cerrar el corte. Si no llega, queda fuera. Le acompañan 10 amigos de toda la vida. Uno de ellos está allí, apoyándole, mientras su mujer tiene la primera ecografía de su hijo. Joder con Moreira & friends. Me quedo en meta y pienso: no llega. Este tío no llega. Aquí se acaba el Ultraman de Rober. Solo pensarlo casi se me escapan las lágrimas. Sé lo que he sufrido yo ese día. Así que me imagino lo que estará sufriendo él.
De repente llega un coche pitando. Se oyen voces de celebración. Resulta que es su equipo de apoyo. Sus amigos, vamos. Sus almas gemelas. Los únicos que deben estar sufriendo tanto como él. Van uniformados con la ropa del Team Moreira. El uniforme incluye: caras de ilusión y casi de incredulidad. El uniforme no incluye: posibilidad de no conseguirlo. Recuerdo que dicen: que llega, que llega, que Roberto llega que está entrando ya en el pueblo.
Faltan 10 minutos para cerrar. Y la llegada al pueblo es en subida. Un rompepiernas de cojones. Me subo a la furgoneta y vamos cagando leches a animarle. Cagandoleches, así, todo junto, para llegar más rápido. Por el camino nos cruzamos con Isra y el inglés. También llegan justos. Hasta que llegamos a Rober. Que sube a plato. Que sube de pie. El culo no toca sillín, ni lo tocará hasta meta. Seguro que es el puerto más rápido que ha subido en su vida. Después de 280KM. Y 12 horas. Menos 5 minutos. Llora como un niño.
Y ahí está. Le chillamos todo lo que podemos. Entra a meta. Y se desmonta del todo. Espero a abrazarle hasta que ha pasado todo su equipo por sus brazos.
Cuando finalmente le abrazo, con un “no me jodas, ahí lo tienes tío, ya eres Ultraman”, se hace un corto pero larguísimo silencio. Lo recordaré toda la vida. En ese momento fuimos uno. Habíamos estado todo el día solos. Perdidos. Persigueindo un objetivo. Escalando montañas. Consumiendo sueños a varios quilómetros por hora. Y al abrazarle, sentí como si me abrazara a mí mismo.
EL RETTO
Así que después de todo esto, que fue en septiembre en Gales, y que nos convirió a los dos en Ultraman, tocaba un nuevo retto. Esta vez juntos.
Vamos a cruzar el desierto corriendo, en una de las 5 carreras más duras del mundo.
Del 4 al 14 de abril, corriendo una maratón diaria, estaremos en la Marathon Des Sables. Luchando contra todo.

 

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mercesanjuan

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